EL BESO DEL VERDADERO AMOR.
Era un tramo corto. Aproximadamente cien
metros, sólo cien metros de vías de tren entre la pared del cementerio y la barda de la fábrica
abandonada. Era realmente un trayecto corto
que, a la luz del sol era agradable, bueno, a la
vista, porque cuando lo recorrías, aunque fuera de día sentías la presencia de algo que te veía, que te acechaba sin saber donde ubicarlo y el consabido escalofrío te recorría la
columna haciéndote apresurar el paso. Al menos esa sensación tenía yo cuando caminaba ese tramo.
Había en el, cuatro árboles frondosos y
viejos, dispuestos a los lados de las vías dos a la mitad y dos casi al final del recorrido. Los árboles crecieron y se hicieron fuertes desde que dejó de pasar el tren, razón que hizo que el lugar se hiciera aún más siniestro y oscuro, pero a pesar de ello hasta los malvivientes evitaban parar ahí. También es cierto que desde que dejó de pasar el tren, cesaron las muertes. Ese tramo era
funesto porque desde entonces, la gente lo usaba por la misma razón que ahora; no usarlo
implicaba una vuelta de casi tres horas rodeando la fábrica hoy abandonada y cuyo muro trasero hacia la contra pared del callejón de las vías. Esa y otras dos fábricas más que ocupaban los predios colindantes no dejaban opción a cruzar entre ellas; lo malo, era que había una "espuela" o salida del tren hacia la fábrica abandonada, que se activaba de súbito automáticamente y cuando el tren usaba la espuela, quedaba abierta dando la entrada hacia la fábrica, pero cuando el tren venía rápido, se cerraba para dar paso continuo a la máquina que venía a gran velocidad y si la
gente no tenía cuidado enganchaba los pies de
viejos, de niños o cualquier otro desprevenido quedaba atrapado y arrollado por la locomotora. Hubo veces que los trozos de cadáveres, así como sus prendas, se desperdigaban hasta varios kilómetros adelante. Pero como dije antes, eso se acabo cuando dejó de pasar el tren,
ahora solo quedaban las vías como mudos testigos de tantas desgracias. Las vías y las esencias de aquellos pobres que fueron sorprendidos y muertos en el cruce de esos cien metros. Que difícil y escalofriante era recordar aquello y más ahora, que me encontraba a la entrada de esos cien metros, oscuros como mis más grandes miedos y profundos y largos como los terrores ancestrales de los niños; esperando, haciendo tiempo para ver si algún vecino que hubiese salido tan tarde como yo, tenía que cruzar y así hacerlo con él. Sin embargo, mi espera no daba frutos, y ya eran casi las doce de la noche. Saqué un cigarrillo y lo jugue entre los dedos retardando su encendido, haciendo tiempo en espera del amigo o vecino que creía yo nunca llegaría, cuando una voz suave y delicada sonó a mi espalda.
-disculpa ¿vas a cruzar las vías?
-Si, claro, dije volteando a ver a la propietaria de
la voz que me hablaba, una mujer, de facciones
finas, morena, curvilínea, ¡muy bella! con el pelo
negro y ensortijado y con un dejo de tristeza en
su mirada.
-Perdón, es que te vi y como mirabas hacia las
vías y volteabas a ver a tu alrededor, pensé que
esperabas a alguien. ¡Que bueno que vas a cruzar!... Me da mucho miedo hacerlo sola.
-jejejeje no te preocupes, la verdad, si, a mi
también me disgusta hacerlo solo y más de noche y esperaba que algún conocido viniese a sacarme del trance, por eso veía para todos lados. ¿No eres de aquí verdad? Digo, de estos rumbos...
-No, tienes razón, vine a una cita, ¿pero que te
parece si empezamos el recorrido? ya es
noche...¿Te parece mal si te tomo del brazo? El
miedo...¿sabes?
-No te preocupes, por mi esta bien (dije ya
iniciado el recorrido) afortunado el hombre a
quien veniste a ver.Y al tomarme del brazo sentí
su mano delgada, delicada y fría, sujetándome
con firmeza y algo de fuerza...pobre, pensé, le da más miedo que a mí cruzar las vías; y guarde silencio esperando su respuesta, pero ella no contestó, razón por la cual, pensando que no me había escuchado volví a decir:
-afortunado tu novio o la persona a quien veniste
a ver... Ya para esto, habíamos recorrido casi la
mitad del tramo de los cien metros y pensé, que en su compañía se me había hecho hasta corto cuando ella se detuvo, mirando al piso, yo le mire y baje la
mirada a las vías, buscando qué era lo que le
había hecho detenerse, cuando ella me dijo sin
levantar la vista...
-Benito, ¿No me recuerdas? soy yo, Ceci, Cecilia, tu novia del cuarto grado, mira... - me dijo enseñándome la otra mano que traía cerrada en un puño y abriéndola para mostrarme la anilla de una lata de refresco.
- Tu me juraste amor en ese entonces y me diste, como anillo de compromiso esta argolla de la lata de refresco que tomabas cuando nos casamos en la kermes. Han pasado muchos años y yo te he esperado todo ese tiempo, pero hoy, por fin vamos a estar juntos amor.
Entonces, de golpe, recordé todo, ella había
muerto ahí, atropellada por el tren al día
siguiente de la kermes, su pie de niña había sido
atrapado por el cambio de vías al venir jugando
feliz y enamorada sobre la vía. Me paralice de la impresión, al tiempo que ella se inclinaba hacia mí para darme un beso con sus fríos labios. Entonces fue, que sentí una punzada dolorosa y
penetrante en mi pecho, y caí fulminado por el
beso del verdadero amor....infarto dirían al día
siguiente los médicos legistas.
Gustavo Reyes Ramos 30/08/2013.
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