Eres viento del desierto. Abrazador, seco, áspero, que viene y me envuelve en su calor.
Agresiva y ardiente sorpresa que me da todo aunque me hiera y se hiera, aunque me extinga y se extinga.
Tempestuosa, formidable y pronta; quizá sabiendo que el paso de este amor sea tan fugaz como el impulso del aire caliente que le da vida. Impulso que me seca por dentro y por fuera, llevándose mi sudor, mis lágrimas y mi saliva, dejándome en la boca el musitar reseco de su nombre. Como el pedir agua en la boca del sediento.
Viento del desierto que me deja el alma pelada y árida y el placer en carne viva.
Viento del desierto que me deja ciego y erizado, por sus cariños salvajes, expectante por sus ternuras calcinantes que es lo único que no me da.
Viento del desierto que me acaba en el placer y me extingue en la pena del "no me llames amor".
Viento del desierto que aparece de la nada y me arrasa en su avalancha pasional de sexo apresurado, de travesura relampagueante de niña, que me deja triste, solo y enamorado anhelante de cariño, de ternura, de mimos que me hacen esperar la próxima tormenta de arena. Para tener sexo con un tizón encendido de labios granate, que me da todo, menos su corazón. Dejándome sediento de ternuras tan antiguas como yo.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.
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