lunes, 10 de octubre de 2016

YO, POBRE DIABLO.

Su risa era divina y a la vez sardónica. Fascinante "per se" conteniendo toda la burla del mundo y a la vez tan limpia que era contagiosa. Hincado en la acera, con los brazos abiertos, formando con su cuerpo una cruz, levantaba su rostro mugriento al cielo disfrutando la lluvia como hace mucho no veía a alguien hacerlo. Y reía, reía a carcajadas locas, como si no hubiera mañana, como si no se estuviera mojando en medio de ese aguacero tupido. Y sus risotadas que restallaban aún por encima del ruido de la lluvia, eran un bálsamo contagioso que sin quererlo, sin proponérselo, me limpiaban por dentro curándome del todo. Y me empecé a olvidar del auto y de la lluvia, del traje y los zapatos caros, de la disciplina, de la citas para comer, de los restaurantes lujosos, de los menús en francés o alemán, de las prisas, del tráfico y del tiempo mismo; me empecé a olvidar de mis penas y de mis tristezas y del viejo blues que me heredaste; y solo pensaba en que yo quería ese mismo bautizo que el estaba teniendo. Solo tenía cabeza para pensar en esa divina epifanía gozosa que ese miserable sujeto desdentado y enjuto estaba disfrutando sin tener ni traje, ni auto, ni zapatos, ni comida, ni amor, ni pesar, ni conciencia. Y se me hacía urgencia el bajar del coche para irme a hincar frente o junto a él para que su dios o lo que sea que le estaba prodigando esa bendita dicha se me contagiara ya por ósmosis, o ya por convicción; porque a la fecha ya no tenía ninguna. (Desde que te fuiste deje de creer en todo). Y quería creer, o sentir, o al menos abrigar la esperanza de tener alguna meta en mente que no fuera la de morir.

Solo esperaba el momento propicio para poder abrir la portezuela del auto,una interrupción en el flujo vehicular que me permitiera descender, cuando de improviso cesó la lluvia. mire al cielo maldiciendo la volubilidad de esas nubes tan caprichosas mientras mi mesías callaba y lentamente bajaba sus brazos encogiéndolos sobre su pecho, su mentón cayó con la misma desolación de quien recibe una noticia fúnebre de repente, pero que esperaba en cualquier momento; mientras de su rostro antes iluminado, se esfumaba la sonrisa y parsimoniosamente se ponía de pie, suspirando hondo desdibujando de su ser esa enorme dicha que me había encantado y que se iba evaporando como un delicado y efímero perfume a su alrededor. Esa alegría que me había hecho estacionar el auto para preguntarle el secreto de su felicidad, se esfumaba ante mis ojos.

Acto seguido, cabizbajo, limpio una lágrima de sus ojos con sus manos tan sucias que parecían pintadas de negro y empezó a caminar ensopado y lento, arrastrando los pies descalzos envueltos en algo que parecían vendas o calcetines sin puntera, ni talón y que alguna vez fueron blancos. Mientras al pasar al costado de mi auto empezó a canturrear con voz aguardientosa rascando su hirsuta, mugrienta y despeinada cabellera:  "Así es la vida, de caprichosa, a veces negra a veces color de rosa, así es la vida, jacarandosa, te quita, te pone, te sube, te baja y a veces te lo da"...


Gustavo Reyes Ramos. Derechos reservados.

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