Soy el hombre que envenenas con tu tacto, al que embriagas con tu aliento, a quien seduces con tu canto.
Soy aquel de la cabeza altiva, del orgullo ríspido, que delante de ti se postra manso, para besar tu delicado pie con un beso puro, con un beso casto, deslumbrado por la virginidad de tu pasión tan viva.
Harto de las falsas impuras y mundanas, me arrodillo ante ti para calmar esta sed de amor y de verdad, que solo puede venir del centro de tu fuente inagotable y líquida; prohibida por la santa inquisición de la doble moral y el prejuicio, pero que tiene un color rosado muy bonito.
La ternura de tus muslos estremece de envidia a la gran venus.
Diosa pagana y mía de las perfectas ubres. Ronzal mágico de aquel que incauto se mira sin querer en tus preciosos ojos. Dominas a la bestia masculina con el resplandor del fuego que de ti emana.
Hembra que desdeña ser, pero que con sus caderas redime, pues la naturaleza obliga ¡Reina de las cortesanas!
Soy por suerte el hombre que dichoso se acurruca al abrigo de tu alma, (afortunado entre los hombres dicen acertadamente), y que en esta fragua de amor, haces de mi sencilla arcilla algo divino, mas fuerte que el acero, más suave que la seda, más dulce que un licor, más bendito que el olvido.
De barro soy señores. ¡Nunca lo he negado! pero ella hace sonar mi nombre como si a un dios se mencionase. Al escucharlo brotar de sus amados labios como un gorjeo, como un canto de misteriosa y enamorada hada, todo mi ser montaraz y huraño busca cobijo en su regazo, lo mismo que el calor de su pequeña mano.
Si el tiempo de mi final me sorprendiera, me gustaría que fuera con este pensamiento de ti en mi memoria, que despreciando el yugo del miedo a la descarnada novia, con gusto le gritaría que puede tomar mi cuerpo, porque mi alma es tuya para la eternidad de la postrera historia.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.
Hembra que desdeña ser, pero que con sus caderas redime, pues la naturaleza obliga ¡Reina de las cortesanas!
Soy por suerte el hombre que dichoso se acurruca al abrigo de tu alma, (afortunado entre los hombres dicen acertadamente), y que en esta fragua de amor, haces de mi sencilla arcilla algo divino, mas fuerte que el acero, más suave que la seda, más dulce que un licor, más bendito que el olvido.
De barro soy señores. ¡Nunca lo he negado! pero ella hace sonar mi nombre como si a un dios se mencionase. Al escucharlo brotar de sus amados labios como un gorjeo, como un canto de misteriosa y enamorada hada, todo mi ser montaraz y huraño busca cobijo en su regazo, lo mismo que el calor de su pequeña mano.
Si el tiempo de mi final me sorprendiera, me gustaría que fuera con este pensamiento de ti en mi memoria, que despreciando el yugo del miedo a la descarnada novia, con gusto le gritaría que puede tomar mi cuerpo, porque mi alma es tuya para la eternidad de la postrera historia.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.

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