SUEÑOS...
Jamás debí salir tan tarde de casa y menos después de pasar tan mala noche...
- Le dije a la niña que me acompañaba mientras caminábamos por la carretera vacía.
- Pareciera - le dije - que la pesadilla que tuve fuera premonición de algún modo de lo que me pasó al reventarse la suspensión y el chicote del freno, lo bueno es que no pasó nada malo...
- Nada malo - repitió mientras dibujaba en su rostro una sonrisa ligera sin motivo alguno, como hacen la mayoría de los niños.
- Me choca esa sensación tan real; cuando sueñas que estás en algún lugar y despiertas y realmente estás en otro. No sé si a ti te ha pasado, pero por instantes es terriblemente confuso. Soñé... bueno realmente no recuerdo bien que soñé, había gritos, ruidos muy fuertes, sacudidas, vidrios rotos y chirridos de metal, tumbos, muchos tumbos; era como un accidente ¿sabes? y cuando todo pasó, tenía miedo y frío y estaba oscuro y yo estaba como mojado de algo en la cabeza y el cuello, pero lo que más miedo me dió es no saber dónde estaba porque estaba solo (sí, sí, mi más grande temor) sólo, sin nadie, en un lugar desconocido. Me desperté yo mismo con mis gritos, pues en el sueño, empecé a pedir ayuda a voces siendo que en realidad, estaba yo acostado en mi recamara, en mi cama, pero no reconocía el lugar, estaba muy cambiado incluso la disposición de los muebles, su distribución en el espacio de mi casa. No sé si me explique, pero mi casa ya no era la misma y eso me aterro más, fue lo que me acabo de despertar y me dejó taciturno espantándome el sueño...
- Si, yo sé cómo son esos sueños - me dijo sin voltear a mirarme con esa serenidad que le iluminaba su carita, siempre viendo hacia adelante tratando de ver, de encontrar lo que andaba buscando.
Me extrañó que anduviera sola tan niña y tan de noche, pero me dijo que andaba buscando una oveja descarriada y pues como íbamos en la misma dirección le ofrecí acompañarnos. Ella aceptó y caminamos, aunque a veces sentía como que era yo muy lento para ella pues había veces que la veía hasta cinco o diez metros delante mío. Entonces ella se detenía y volteaba a verme diciendo:
- Deja de pensar que por eso te atrasas.
La noche, o debería decir la madrugada, empezó a ponerse fría y le ofrecí la americana que yo llevaba puesta; me dijo que no tenía frío, que me la dejara yo, pero insistí pues me dio pendiente que se pudiera enfermar tan pequeñita tan delgada y pálida que se veía y a regañadientes aceptó ponersela y así continuamos. Deje de hablar y de pensar en voz alta. Sólo quería llegar a donde fuera que viviera y saber si ahí de algún modo me podrían ayudar; cuando después de varios metros andados me espetó:
- Ya llegamos.
Traté de escudriñar el paisaje para vislumbrar su casa, pero era tan densa la noche carente de luna, que no pude ver nada, entonces le dije:
- Vamos pues, te llevo hasta la puerta, para que tu familia no esté con pendiente.
- Ella sólo con su sonrisa enigmática y maliciosa y me dijo:
- Es aquí, lo sé porque está la cruz... Estamos en casa .
Entonces recordé de golpe todo. El accidente, la oveja que esquive, su vestido ligerito de tirantes amarillo con flores blancas que se esfumó cuando la golpeaba con el auto... Pero lo más aturdidor, fue cuando al bajar la cabeza, leí mi nombre en la cruz y más abajo unas fechas. Ahí fue que comprendí todo mientras un grupo de espíritus nos salían al paso preguntando si estábamos bien y porque habíamos tardado tanto en nuestro paseo nocturno de cada noviembre.
Gustavo Reyes Ramos D.R.
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