sábado, 1 de marzo de 2014

LA VERDAD SOBRE LAS HADAS.


Esta historia estaba en mis recuerdos de niño, vagando inquieto, desesperado por salir, pero retenido por la precaución de no ser tomado en serio. Es una de las de las muchas pláticas que tuve con mi abuelo, un hombre extraordinario, de trato afable, que a mis ojos lo había hecho todo y lo había vivido todo, con el único defecto de una deformidad en su rostro por un accidente en la niñez. Él me contó esta historia, porque siendo pequeño, le pregunté a que se debían los extraños crujidos de las ventanas y las cosas de la casa, así como la casa misma, el dijo: 
-Hijo, son las falsas hadas que están tratando de entrar para comerte, y si eres adulto y tienes el corazón limpio, sin maldad, ellas trataran de entrar en tu casa y en tu mente, para comerse esa alma buena que irradia con su luz a quienes te rodean (a ellas les molesta la luz, las enfurece porque les hace daño) y puede que si no te devoran del todo, te dejaran vivo pero con un miedo tan grande, que te vacía por dentro. Acércate y escucha esto que te voy a contar....
Justo a las doce, cuando todo lo bueno yace cansado, o se agita temeroso debajo de una frazada. 
Cuando los sueños han dejado de ser dulces y agradables. 
Cuando los miedos más profundos afloran desde el fondo de tu alma.
Cuando no hay a quien recurrir, pues la distancia (de solo unos pasos en el día) de tu dormitorio a la alcoba de tus padres se vuelve kilométrica.
Cuando la soledad más oscura te envuelve y te canta perversidades al oído, cual murmullo de campanas, no pienses que son hadas, no cometas mi error, cuando en medio de ese silencio notes que tus oídos empiezan a zumbar y oigas que susurran tu nombre, como solo tu madre lo ha hecho, porque suena tan dulce y tan tierno como cuando ella lo hace, no te dejes engañar. Cuando unas risitas, conmuevan tu corazón, no destapes tu cara. Ni tampoco lo hagas cuando sientas tirones en las frazadas y te inviten a jugar. No mires quien es. Pon oídos sordos y aprieta bien los ojos, pues ellos no pueden encantarte si no los ves, si no aceptas escucharlos. 
Pero si a pesar de todas estas advertencias miras, no creas en lo que tus ojos ven, no te dejes seducir. No es buena alma aquella que se presenta en tu momento más desprotegido, cuando solo estas, en la parte siniestra del día, en total desamparo y acechado por lo que se mueve sin nombre y sin forma en lo oscuro.
Estas perversidades del infierno, trataran de hacerte creer que son personitas lindas dulces y pequeñas, seres tiernos que requieren tu amistad y protección. Por favor no les creas, no cometas la misma equivocación que yo cometí, porque si haces caso, si te dejas engañar, si vas a donde te dicen; entonces veras que no son hadas, veras que  son seres sin forma, hechos de bruma densa y oscura hasta la viscosidad, con un olor a alcantarilla de prisión y un apetito muy grande por carne inocente, por carne de tus huesos, por la inocencia de tu primer dolor y lo único que quieren es comerte, lentamente, masticando tu horror, tu angustia y tu sorpresa, para paladear en ti eso que tanto les gusta, el sabor a niño fresco, ingenuo y puro... ¿sabes? ellos dicen que cuando eres niño tienes gusto a cordero sazonado con hierbas, yo lo sé, porque sobreviví a ellos, a esos seres que sin el disfraz de hada dulce y buena, son cosas oscuras e inciertas (como ya te he dicho) y de las cuales lo único que tiene forma de algo conocido, son las siete hileras de dientes enormes y puntiagudos, tanto arriba como abajo en una especie de hocico que cambia continuamente de lugar y de apariencia, y sabes donde están sus manos porque las coronan en lugar de dedos garras larguísimas curvadas y afiladas con las cuales arrancan jirones de carne de los niños que roban...
Recuerdo como si se lo hubiese preguntado ayer, como es que él sabía eso, cómo es que sabía de todo ese horror si como decía, se comían hasta los huesos a los niños que se llevaban (a ellos, - decía él - corresponden los zapatos o la ropa que vemos por lo regular en la calle y que sucia va dando tumbos por las ciudades sin que nadie sepa su horrorosa historia) y entonces, tomando aire y exhalandolo en un suspiro, se arrodilló junto a mi y abrazándome, mientras lo sentía temblar, me susurro al oído: 
-Yo lo sé mi niño, porque la madrugada que me llevaron a mi, habían robado ya a muchos otros en el temblor del año de mil novecientos cincuenta y siete, un sismo tan fuerte que fue grado nueve y que la gente recuerda solo porque se cayó el Ángel de la Independencia, pero no por la muerte y desaparición de muchos niños y niñas. 
Fueron tantas las criaturas inocentes que sirvieron para ese festín, que de los últimos que llegábamos, traídos por otras falsas hadas de casas aledañas a su refugio, solo arrancaban pedazos al azar, era tanta su gula que a pesar de estar totalmente repletos, seguían comiendo solo porque si, tomaban un pedazo, lo llevaban a su boca y caían dormidos en una especie de sopor... 
-¿Pero donde vive eso abuelo... donde se ocultan?
-Ellas, las falsas hadas, viven en cualquier lugar oscuro y húmedo como las casas abandonadas, las cuevas profundas, en el alma de los hombres malos, o en las caries de las bocas blasfemas y como esa noche la tierra se agrietó pues fue como si hubieran abierto la prisión que las contenía.... A mi me arrancaron la nariz y parte de la oreja y el rostro, de un solo zarpazo, por eso estoy así y a la gente que me preguntó que me había pasado les decía (tal y como fue la instrucción de mi padre) que había sido un accidente con un disco de desbaste del taller de tu bisabuelo, porque nadie me creería la verdadera historia. Ni ellos, mis padres la creían cuando se los dije al día siguiente, decían que estaba mal de la cabeza, que eso no era cierto y que estaba mintiendo para no sufrir el castigo por tomar las herramientas de mi abuelo. Pero dos noches despues, ellos vieron a esas supuestas hadas en mi habitación, tratando de llevarme de nuevo para acabar conmigo y que no hubiese testigos de su maldad y vieron también en lo que se convierten, cuando les da la luz. Ellas... Eso... se derriten hijo, se hacen como aceite sucio de automóvil, pero más espeso y con un olor a rata muerta y descompuesta de muchos días. Por ellas aún hoy, puesto que siempre me siguieron buscando, a mis sesenta y cuatro años de edad, sigo durmiendo con una luz en la recamara y me es imposible estar a oscuras.

                      Gustavo Reyes Ramos 24/11/2013. 




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