Un hombre sentado frente a una taza de café, observa su reflejo dentro. hacía mucho ya que no reflexionaba tanto. Que no era tan profundo al reflexionar. Y mientras lo hace, nota la media luna en su rostro que le devuelve el reflejo. ¿Cuanto tiempo ha pasado? ¿Dónde está el tiempo que se ha ido? ¿Donde el tesoro que le correspondía por haber invertido tanto tiempo en el aprendizaje y la perfección? Esa frente tan amplia no estaba ahí la última vez que pensó en ese ir y venir de días sin sentido. Aunque pensándolo bien, la vida de entonces como la de hoy, seguía sin sentido. Igual, siempre fue una larga espera. Esperar por las órdenes, esperar por el objetivo, esperar por el tiempo preciso, esperar para una ejecución perfecta y en el inter de esa espera, esperar por el amor, por la vida, por los sueños, esperar porque hubiera tiempo para vivir en paz, esperar porque hubiera con quien vivir en paz y que ese "con quien" pudiera aceptarlo con vicios y manías, con perversidades y virtudes.
Todo era esperar a que se agotara el tiempo de espera, para ya no tener que esperar y poder sonreír como lo hacían todos, sin miedos, ni preocupaciones, sin tener que estar al pendiente de nada, sin cubrir rastros ni estar al acecho y ser solo feliz. Simplemente feliz.
Un hombre sentado frente a una taza de café negro y tibio observa su reflejo dentro y piensa para si, que quizá sea tiempo de dejarlo todo. Ya no es tan ágil como antes. Ya su vista se ha cansado y sus reflejos han empezado a volverse lentos. Incluso sus tendones y sus huesos empiezan a doler con el frío y la humedad. Como decía Pablo Neruda y citaba su padre "Nosotros los de entonces ya no somos los mismos". Pero en eso, no tenía certeza. Él siempre, en su yo interno, había sido el mismo. Quería una niña, quería un amor, quería un hogar y un trabajo simple y mediocre que cumpliría con devoción en medio de una rutina asesina. Aunque al día de hoy, quizá, estaría con los mismos resultados: Su hija ya sería mayor y se habría ido y su esposa tal vez ya se hubiera fugado con otro resultado de la mediocridad que termina decolorandolo todo, que todo vuelve insaboro e insustancial. Al final, la soledad sería lo mismo para el.
Igual sería rutina. Tal y como lo era hoy. Igual tendría que pensar en todo lo que pasó. Igual estaría revisando todos los detalles de su ejecución para analizar los fallos y los tiempos, pero a diferencia de su trabajo (en el que los contratos se sucedían con frecuencia), necesitaría otra vida para volver perfectible aquello en lo que había fallado.
Y sin embargo, en su cabeza, tal vez por el reloj biológico que sólo dicen poseen las mujeres, había constante una idea; el deseo irrefrenable de una hija y de un amor que fuesen sólo suyos por siempre. Por lo que restara de vida. Serían escudo y promesa, serían aliciente y sueño de dignidad, serían certeza y compañía y quizá también, su única y más grande debilidad.
Un hombre sentado frente a una taza de café, medita con la mirada perdida en el interior de su taza, escondido o refugiado (¿quien lo sabe?) en el rincón mas oscuro de un cafetín barato de la ciudad. Alejado del bullicio y el ajetreo de todos, lejano de si mismo, pero cercano a su pensamiento como pocas veces en muchos años. Mientras da un sorbo a su taza que pareciera un beso. Sus ropas se ven tan gastadas y cansadas como sus ojos y su piel, colgando de su cuerpo lo mismo que sus arrugas y su mirada triste y acerada, descreída de todos y de todo y a la vez feroz cuando hace contacto con los ojos de alguien más; aunque evite la permanencia en la mirada. No quiere a nadie, aunque daría su brazo derecho por tener un amor verdadero que lo mimara y reconfortase a su vuelta a casa.
Sus ojos se ponen vidriosos de tanto tiempo que deja sin parpadear y cuando lo hace, una inevitable lágrima cae de su ojo izquierdo, levanta su mano enfundada en un guante negro de cabritilla (fuera de lugar como su porte) y con el dorso de la mano la limpia. Sacude su cabeza, cierra los ojos un momento y exhala abriendolos de inmediato con la precaución de mirar hacia todas partes como hace un ciervo que se acerca cauteloso a tomar agua de un riachuelo. Mira su reloj, y vuelve a suspirar, saca de sus ropas una foto arrugada con la mano izquierda, mientras que con la derecha aferra algo dentro del bolsillo de su chaqueta. Su mirada huidiza vuelve a barrerlo todo, parroquianos y viandantes fuera del café y su cabeza se hunde entre sus hombros. Su vista se fija en alguien que sale de un edificio con aspecto de funcionario y todos sus músculos se tensan bajo sus viejas y descoloridas ropas. "Es hora" musita levantándose de la mesa mientras deja caer dos billetes arrugados de cincuenta que pagarán consumo y propina a la vez que limpia meticulosamente la orilla de la taza y su lugar con una servilleta.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.

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