Mi alma murmura en azul oscuro para endulzar tu oído de luna llena, para endulzar tu mirada fría. Para tratar de enamorar de nuevo tu semblante adusto de pálida luz, mientras beso tus nudillos, desnudos, albos e impúdicos. Libertinos como tu sonrisa, aunque cálidos como tu corazón.
Quiero que comencemos a hablar, pero para eso, necesito la penumbra de nuestra habitación.
Ya en ella, comienzas parafraseando en besos sobre mi piel, el discurso que bien conozco; mientras te comento en gemidos lo maravilloso que siempre me ha parecido el arrullo de tus suspiros.
¡Necesitamos tiempo! Dice tu susurro que se oye gritar entre las sombras. Como desearía que la madrugada fuera eterna, y que cada aguijonazo de mi amor en tu precioso ser, solo durara el instante de una vida, para amarte al menos cien mil de ellas.
Nuestro diálogo se transformó en peces inquietos en el mar de nuestros hambrientos pecados. Y a la luz y al calor de nuestras caricias convertimos en hogueras de primavera cada estrella de nuestra última noche invernal.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.









