sábado, 7 de octubre de 2017

3:33


Son las tres y treinta y tres minutos de la madrugada. La hora maldita dicen. Tres y treinta y tres minutos que parecen eternizarse mientras me sirvo un vaso de leche de soja que jamás sabrá a leche (de hecho, sabe a rayos), pero alimenta mi ilusión de disminuir mi deuda karmática y mi huella de carbono. Si quieres mejorar o esperas evolucionar, algún sacrificio hay que hacer.
Vago como alma en pena por la casa oscura. Aunque ya no es porque te extrañe, porque te espere, ni porque ocupes mi mente y mi corazón. Ahora son sólo negocios.
La luz apagada y cortinas especiales, me permiten ver hacia afuera, pero impiden que me vean de afuera hacia adentro. Entré por el callejón, Al "puro vuelo" como siempre, con los faros y el motor apagados... y como siempre, me asomo a la ventana para constatar que cada quien este en sus asuntos y no me hagan el favor de dedicarme tiempo y atención y se pregunten "¿Que hace el bonachón del vecino llegando a esta hora?" O "Salió en su coche, que extraño; siempre ha dicho que no funciona"
"Todos tienen algo que esconder, excepto mi mono y yo" Reza el nombre de esa vieja canción de los Beatles, aunque quizá mi mono y yo, compartimos secretos con todos los demás.
Bajo a la cochera y checo que haya encendido todos los ventiladores de piso y que estos sigan funcionando. Es difícil enfriar rápido un motor de ocho cilindros al que le has exigido tanto en una noche.
Son las tres y treinta y seis. "Sigo en hora mágica" me digo a mi mismo, mientras agrego un poco de vainilla, vodka y azúcar a la leche, miro por la ventana el discreto burdel que el vecino viudo ha montado con sus hijas. Son bonitas las niñas y ¡muy simpáticas! y de alguna forma lo hacen con gusto para ayudar a su padre. Al mismo tiempo, veo que el otro vecino, tres casas a la derecha, (aquel que es pastor), va llegando con su esposa echa un guiñapo, el maquillaje y las medias de red corridas, medio envuelta en una gabardina que deja ver sus desnudeces y un collar ancho en su cuello unida a una cadena que termina en la mano del hombre "santo" en su fase de demonio. "Mostradme un hombre sin vicios ocultos, y os mostraré a un mentiroso" pienso.
No sé para qué me fijo en la hora, si realmente no importa. Cada día y cada noche de viernes es idéntico al anterior. A las cuatro de la mañana vendrá el distribuidor de droga disfrazado de tamalero a vender su porquería a los trabajadores del mercado y a las cuatro y cuarto, pasara la patrulla a cobrarle el "derecho de piso". Somos una sociedad exacta que se mueve al filo de la doble moral y la ceguera "cada quien hace lo suyo y aunque sea ilegal yo no me meto, ni lo veo".
Termino mi vaso de leche, lo lavo, lo desinfecto, lo seco y lo coloco en su lugar. "El diablo está siempre atento a los detalles".
Vuelvo a bajar, ya listo para limpiar la cajuela del "Tío". Cepillos, esquineros, hipoclorito, bicarbonato, agua oxigenada, vinagre, agua mineral y alcohol industrial... "Todos tenemos algo que esconder" pienso de nuevo y comienzo a tararear aquello de "Fixing a hole".
La madrugada clarea y la gente honorable marcha rumbo a sus benditos trabajos, para descansar "como dios manda" al día siguiente, mientras yo alisto todo para seguir reparando los agujeros de dios, el lunes por la noche.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.

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