LAS ADICCIONES MATAN.
Nunca me gusto la idea de que yo era un adicto. Para mi la palabra "adicto" denotaba a un hombre con poca inteligencia y débil.
Como todos los adictos, siempre tenia excusas. Siempre había pretextos, que me hacían distinto... Siempre, siempre.
En mi cabeza, lo mio era un pasatiempo, un juego, en el que yo era infalible, el amo del juego y el dueño del control absoluto y los demás, todos; unos pobres pendejos que no sabían nada.
Para lo que pasaba, para los resultados de mis actos, siempre contaba con justificaciones que me libraban de mi responsabilidad. Eludiendo las consecuencias simples y complejas de mi enfermedad que me hacían ver las adicciones y las torpezas en los demás, pero nunca en mi... "Se lo merecían" "Eran escoria" etc.
Los demás... Todos ellos, daños colaterales que tenían la culpa por no ajustarse a mi modo de ver la vida, a mi personal sentido de honestidad, o a mi manera de ser, o simplemente tenían la desgracia de estar en el lugar equivocado, en el momento incorrecto señalados por otro.
Yo no era desagradable y lo mío no era un vicio.
Yo era justo y bondadoso, con un alto concepto de la virtud.
Yo era el misericordioso.
Yo, el magnánimo.
Yo, el todopoderoso.
Yo, el caballeroso.
Yo, el equitativo.
Yo, el culto.
Yo, el "sindistingo" social, que aceptaba tanto a pobres como a ricos y que gracias al "donaire" y al "porte de gentes" que heredé de mis padres, podía vestir con elegancia y gracia, lo mismo un buen traje de casimir ingles de tres piezas; que vestir, como si fuera lo mio, una harapienta camiseta, unas bermudas y un par de sandalias, o el uniforme "equis" de un obrero, un policía o un militar, que me permitiera infiltrarme en la fiesta, la reunión, la fábrica o el lugar donde fuera menester entrar para llevar a cabo mi "divina labor" y pasar después desapercibido.
Yo, el experto. Porque siempre tuve esta inclinación al mal camino, a sus componendas y vericuetos, lo mismo que la virtud para improvisar de la nada artefactos o herramientas que hicieran parecer a lo malo una visita del infortunio. Jamás pude aprender a hacer una regla de tres, pero si aprendí a la primera, la forma ideal de usar en combinaciones, anestésicos, relajantes y barbitúricos e igualmente contaba con la habilidad de una puntería diabólica con armas de fuego o la maldición de encontrar puntos vitales al vuelo fortuito de una hoja cuando no quedaba de otra.
Yo, el "sangre fría" que, pasara lo que pasara, conformaba a mi ego (tan grande) y mi convicción de auto engaño tan necesaria, que aunque se estuviera cayendo el mundo, pensaba y me convencía que lo mio era justicia y nada mas, para poder actuar con la cabeza en calma y conservar la serenidad .
Y si, es verdad que como todo adicto o alcohólico en seco, me auto infligía temporadas de lucidez. Temporadas de cero tolerancia a mi adicción, (nunca "jure" pues soy ateo y además me creía el único dios), aunque no era necesario para auto engañarme y demostrarle a todos que yo tenia y estaba en control, que por eso no era vicio lo mio y que lo hacía no por dinero, no por demostrar nada, sino como una forma de auto conocimiento, para encontrar mi lugar en el cosmos.
Era entonces, en esos períodos de conciencia, que pensaba en encontrar una mujer y enamorarme y vivir una vida sencilla, hermosa, simple y normal, alejada de mi hambre terrible de ser el dios justiciero. E incluso, soñaba que tal vez, y solo tal vez, quizá, hasta podría tener una hija, risueña, hermosa y muy dulce como su madre. Y si debo ser honesto, debo confesar que en uno de esos periodos de sensatez, realmente me enamoré de una mujer fantástica, dulce, tierna, inteligente y muy hermosa (nunca he visto, ni conocido a otra igual) pero en un acceso de conciencia que tuve y por el amor que le profesaba, le mentí para desilusionarla. No quise arrastrarla conmigo, ni hacerla parte de la decepción de saber lo que realmente soy, ni obligarla a vivir la amargura, la ansiedad y la condena en la que se suceden mis días. Y al día de hoy, que soy realmente consciente de mis actos, me doy cuenta del abominable monstruo que fui, y del patético sujeto que soy; sin hogar, sin dios, ni fe, ni amor, que se vuelve todavía más lamentable por los enormes esfuerzos que tengo que realizar día a día, para evitar volver a sentir el placer de tener el destino de una vida en mis manos. Mi nombre no importa, solo que estoy aquí, tratando y empezando por confesar, que soy un homicida compulsivo.
Gustavo Reyes Ramos. D.R.
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